“Perdida”, la nueva anti-heroína Hollywoodiense

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Hace unos meses fui al cine a ver “Perdida”, una película de David Fincher basada en el best seller de Gillian Flynn’s Gone Girl. Debo confesar que la cinta me mantuvo sentada en la butaca del cine con los ojos como platos y que me rondó la cabeza durante días después de verla. Aviso, encontrareis SPOILERS en este post.

Nick y Amy son la pareja perfecta. En el quinto aniversario de su matrimonio, Amy desaparece. Todo parece un asesinato y el principal sospechoso es Nick. La historia gira entorno al descubrimiento de que Nick y Amy no han sido el matrimonio perfecto. Suenan campanas de Oscars para esta cinta, y sin embargo, nadie ha podido decidir si el film es un retrato sexista de una mujer que ha enloquecido o si se podría considerar como un manifiesto feminista. A mi modo de verlo, la película es un thriller que sirve de crítica social y que juega con las estructuras de poder que existen dentro de un matrimonio. La idea de que “Perdida” tiene un problema con la figura femenina queda reflejado en el robo de la perspectiva de Amy. El limitado acceso a ésta altera dramáticamente la narrativa ya que en el libro se desarrolla muchísimo más. Resulta llamativo que las peores acciones misóginas de Nick no figuren en la película y sí lo hagan en el libro, entendiendo de esta manera que se ha ‘romantizado’ y dulcificado la figura del protagonista masculino (Ben Affleck).

Hay un momento en la película cuando ya el espectador está casi seguro de que Nick ha asesinado a Amy en el que la descubrimos (SPOILER ALERT) en un coche conduciendo con el sol de cara y narrando, a modo de monólogo, que ella es quien ha ideado su propio ‘supuesto’ asesinato. En este brillante monólogo la protagonista explica cómo elaboramos una identidad para nuestras parejas, y en especial quienes hacen esto son las mujeres, porque se espera de ellas que gusten y complazcan; pasamos a ser la chica “guay”. Amy toca problemas sobre cómo las mujeres interactúan con sus parejas y con otras personas de su mismo sexo y desarrolla como éstas se ven encerradas en unas normas de género que son totalmente inalcanzables. Su monólogo va más allá, una chica “guay” también debe saber comportarse como un hombre en ciertas ocasiones y entender sus acciones sin ofenderse, al mismo tiempo que debe ejercer en la cama un rol que le sea complaciente a éste.  Es un ejemplo de la manera en que las mujeres son controladas por la sociedad y colman ciertos roles específicos. Amy intenta ser perfecta mientras él, harto de fingir, la engaña con otra mujer mucho más joven y que, además, se encuentra en una situación profesional por debajo de él.

“Ser una tía “guay” significa que soy una mujer sexy, inteligente y divertida a la que le encanta el fútbol, el póker, los chistes guarros y que eructa, que juega a los videojuegos, bebe cerveza barata, le gustan los tríos y el sexo anal, y se atiborra de perritos calientes y hamburguesas como si estuviese protagonizando la mayor orgía culinaria del mundo, mientras, de alguna forma, consigue mantener una talla XS, porque las tías “guays” son por encima de todo sexys. Están buenas y son comprensivas. Las tías “guays” nunca se enfadan; sólo sonríen con desazón, de una forma encantadora, y dejan a sus hombres hacer lo que les dé la gana […]. Los hombres creen que esta chica existe. Quizá estén engañados porque hay muchas mujeres que están dispuestas a fingir que son esa chica. Durante mucho tiempo, las ‘tías guays’ me han irritado. Veía a los hombres – amigos, compañeros, extraños – atontados por estas horribles mujeres falsas y quería sentarlos y decirles calmadamente: ‘No estas saliendo con una mujer, estas saliendo con una mujer que ha visto demasiadas películas escritas por hombres socialmente ineptos a los que les gusta pensar que este tipo de mujer existe y que les besará”.

En la película, ambos protagonistas resultan narradores en los que no podemos confiar ya que sus dos versiones son contradictorias. Eso contribuye a la sensación de incomodidad del espectador. En su matrimonio, ambos protagonistas escenifican un juego de poder que acaba desembocando en un thriller donde nada es lo que parece. En un contexto de recesión económica, el film nos transporta a una crisis matrimonial.

Debo confesar que cuando salí del cine, la película me había provocado un estado de desagrado e incomodidad dado que en ciertos momentos, pensé que simplemente se trataba de una película sobre “una puta loca”. Pero cuantas más vueltas le daba, me daba cuenta de que hay muchos más niveles que leer en el film. Quizás, me quedé inicialmente con una lectura simple de la película porque hay un gran peso en las escenas en las que Amy actúa como una loca psicópata, y por ello otras escenas quedan flojas o faltas de peso. Pensando y pensando, me di cuenta de la genialidad de parte de la película: la elección de los personajes femeninos y la variedad de colores de éstos. Y mucho más importante: personajes femeninos, en plural. Es cierto que Amy representa un estereotipo negativo femenino, pero no es el único personaje de este género y el resto son bastante decentes. Vivimos en un momento en el que no hay demasiadas películas que centran su personaje principal en una mujer, y cuando éstas aparecen, normalmente juegan un papel subyugado al de un hombre. Lo bueno en “Perdida”, es que el personaje de Amy no representa a todas la mujeres, hay otras y no están definidas esencialmente por su género o por ser el interés amoroso de algún personaje masculino. Contamos con una audaz detective, una fiel hermana, una madre controladora como la de Amy… Sí, todas tienen rasgos negativos, ¿pero no es eso algo humano? Las mujeres en la cinta representan su propia agencia y su propia persona y se les permite tener sus propias opiniones. Posiblemente, el gran logro es la variedad y diversidad de la representación femenina. De esta forma, existe cierta paridad entre los dos géneros.  Creo que en “Perdida” encontramos personajes femeninos lejos del cine de acción que son fuertes, independientes, están bien escritos y  pueden estar en cualquier posición ética o moral, sin eso significar que todo el género femenino es así, simplemente son mujeres. Y me parece esencial representar también anti-heroínas para darle peso a la pluralidad del género femenino. Amy representa uno de los peores tipos de ser humano, una misántropa –efectivamente, puede contarse como una misógina ella misma–. Levanta falsas acusaciones de violación en más de una ocasión, hace creer a toda una comunidad que su marido la ha asesinado, utiliza un embarazo para que éste no la abandone… La incomodidad que los espectadores sienten con Amy, viene basada en el hecho de que no están acostumbrados a ver una mujer que rompe el estereotipo femenino dulce y amable. Este personaje, se sale de la categoría de femme fatale de los 40 y va mucho más allá. Si Hollywood, y la cultura en general, necesitan más roles femeninos, ¿porqué no crear también auténticas villanas y psicópatas sin que tengan que representar el carácter de todas las mujeres del planeta? Quizás la verdadera equidad  sería admitir que algunas mujeres pueden ser unas psicópatas. Es estúpido pensar en términos del siglo XVIII y pensar aún que las mujeres son buenas por naturaleza y definición, como si hablásemos del concepto del “ángel de la casa”. Sería una hipocresía si nos resistiéramos a la idea de que las mujeres debemos ser criaturas emocionales y empáticas, y además nos negáramos a aceptar representaciones opuestas.

Siendo sincera, el verdadero motivo por el que me sentí tan repulsada e incómoda en ciertos momentos, es el hecho de que se juegue con falsas acusaciones de violación. Amy lo hace más de una vez, y de un motivo u otro sale airosa de todas sus mentiras. Representar un personaje perturbado y totalmente cruel, que simplemente es de género femenino, me parece normal. Sin embargo, en una sociedad en la que aún se acusa a sus victimas de violación de “buscarlo” o “provocarlo”, crear una figura que se aprovecha de esta tragedia buscando atención, lo único que hace es reforzar la idea de que las victimas, más que eso, son cazadores. Aunque los estudios demuestran que las mujeres no mienten en este tipo de acusaciones, después de ver la película es fácil imaginar a un espectador ‘simple’ e imaginar qué puede rondar su cabeza: “las mujeres están locas”.

Entiendo varias motivaciones que empujan a Amy a hacer lo que hace. La verdad es que sus razonamientos son muy legítimos la mayoría de veces, y sus conclusiones por ende son válidas. Simplemente el resultado del proceso mental de la protagonista es problemático, ya que en vez de abandonar a su marido, decide fingir su propia muerte para así conseguir que lo ejecuten. Amy es mucho más que una lunática amargada, es una fanática de la destrucción de los roles asignados a los géneros, la anti-heroína del siglo XXI.

 Blanca B

Hipersexualización infantil al alza

belleza, cuerpo, Cultura popular, feminismo, sexualidad

Hace unos días, el Parlamento francés votó a favor de una reforma para prohibir los concursos de belleza infantiles dirigidos a menores de 16 años en un intento desesperado por evitar la ‘hipersexualización’ de las/os menores. Aquellas personas que organicen este tipo de certámenes se enfrentarán hasta a dos años de prisión y a multas de alrededor de 30.000 euros. Pero claro, la sanción  puede resultar insignificante cuando las ganancias pueden superar con creces la cifra de la multa. Los portavoces del Gobierno Francés añaden que luchan para que se tenga en cuenta la inteligencia y el talento de los menores y no solo la apariencia física. Además de intentar proteger a los niños para no adoptar roles sexuales que no son pertinentes a su edad.

El revuelo mediático empezó tras la publicación en 2010 de unas fotos en la revista “Vogue”–previamente ya lo había hecho Armani, utilizando de percha a dos jovencísimas modelos asiáticas muy ligeras de ropa–, donde tres niñas menores de 10 años posaban excesivamente maquilladas, luciendo vestidos ajustados, tacones y “modelitos” firmados por Versace, Yves Saint Laurent, Bulgari o Louboutin. El número editorial de la revista consiguió, además de acusaciones de pedofilia, agotar la edición en todos los quioscos en apenas unos pocos días. Y es que, lamentablemente, un escándalo –bueno o malo– siempre es publicidad… La revista alegó que solo querían mostrar los deseos de muchas niñas de convertirse en sus madres.

El debate es un viejo conocido de la opinión pública estadounidense, donde las competiciones de belleza son un verdadero fenómeno de interés mediático; más de 250.000 niñas participan en aproximadamente unas 5.000 competiciones y tienen sus propias revistas mensuales, como Pageantry Magazine. Además, reality shows del tema comoToddlers and Tiaras, que emite la cadena americana TLC, cuentan con unos índices de audiencias que baten récords. Sin embargo, instituciones en pro de la infancia han mostrado su preocupación. Por ejemplo, la jovencísima Eden Woods, con tan solo 6 años, ha ganado más de 300 concursos de belleza y sus padres han decidido retirarla de estos para firmar contratos multimillonarios para un libro de memorias y una línea de ropa infantil. Estas organizaciones mantienen que en demasiadas ocasiones los padres introducen a los menores en el mundo de la moda y la belleza para cumplir sus expectativas no satisfechas. Utilizan a sus pequeños como medio para cumplir sus sueños frustrados y, en muchas ocasiones, la ganancia económica es un incentivo, viendo que el infante se puede convertir en una fuente de recursos más; es un negocio. ¿Dónde está la frontera entre incentivo económico y explotación infantil? ¿Estamos dejando desprotegidos a menores en manos de sus propios padres? Desde luego no considero que sea lo mismo cuando una niña juega a maquillarse en casa imitando a los mayores, que cuando se maquilla porque es juzgada por su apariencia. Asimismo, en muchas ocasiones el jurado del concurso puede resultar inmoral e implacable, pudiendo tratar al niño como si de un adulto se tratara. Se convierten en infantes en un mundo de mayores. Cuando se introduce a los niños en edades tan tempranas de maduración y formación en concursos de belleza, les transmitimos el mensaje de que su apariencia física y su imagen son sus rasgos más importantes. Dejamos atrás valores y morales, y pasamos por alto que quizás, lo más conveniente para su futuro, sería cultivar sus capacidades intelectuales en vez de confiar puramente en su aspecto físico.

El debate entorno la “hipersexualización” infantil tomó fuerza en 2001 cuando David Cameron, entonces ministro de Reino Unido, pidió un estudio sobre la sexualización y comercialización de la infancia. El resultado final de esa investigación se llamó el “Informe Bailey”. En él, se llegó a la conclusión de que la sexualización de menores en la publicidad y la televisión constituye un peligro real para la sociedad. Actualmente, ver a niñas posando como adultas, en posturas y vestimentas poco adecuadas para su edad, es una tendencia al alza, y debemos recordar que este imaginario tiene un gran impacto sobre la audiencia infantil que, en muchos casos, querrá imitar lo que ve en televisión. Es más, constituye un peligro doble si tenemos en cuenta que estas imágenes se proporcionan de manera legal a depredadores sexuales y pedófilos.

En nuestro país, también acontecen certámenes de este tipo. El mejor ejemplo es “Miss Teenager”, un concurso para menores de 19 años donde se buscan “chicas guapas, altas, simpáticas, con buen físico, look juvenil, alegría, ilusión y ganas de hacer realidad su sueño”, según los organizadores. Sin embargo, en las bases del concurso también se pueden encontrar requisitos como: no haber sido fotografiada o filmada totalmente desnuda y/o para fines pornográficos; ser soltera, jamás haber estado casada, separada o divorciada; no tener hijos, no estar embarazada y haber nacido mujer. Bases que, desde mi punto de vista, son totalmente sexistas, homófobas y tránsfobas; no sólo buscan una belleza canónica y heteronormativa, sino también una imagen socialmente aceptable. Resulta particularmente llamativo el requisito de soltería en menores de edad, ¿qué otra lectura puede tener este a parte de causar una mayor atracción entre el público masculino? ¿No es esto una llamada a la pedofilia?

Lo que me preocupa de estos concursos es la necesidad que se impone a las jovencísimas aspirantes de proyectar una imagen perfecta. Lejos de fomentar la aceptación y el amor propio en este período de vulnerabilidad, se les presiona con un ideal físico que puede resultar en ansiedad (y otras enfermedades). En otras palabras, dudo que unas niñas que se pasan horas en un set en peluquería y maquillaje, lo único que estén haciendo sea imitar a los mayores.

Así que veo la decisión del Gobierno Francés de proteger a sus menores como algo que se debería de extender al resto de países en los que se celebran este tipo de certámenes. La belleza, no debería ser la parte central de la educación de un infante. Este tipo de concursos son la muestra de que inculcamos los cánones estéticos a edades cada vez más tempranas, enseñando a nuestros pequeños a no salirse de la norma. ¿De verdad queremos seguir la tradición del prototipo de mujer florero?

 Blanca B

REFLEXIONES SOBRE ORANGE IS THE NEW BLACK

Cultura popular, feminismo, review, Sin categoría

Hace algo más de un mes me zampé las dos temporadas de Orange is the New Black en un par de semanas, convirtiéndome en una de las miles de personas que esperan con ansias la tercera temporada. La verdad es que tenía muchísimas ganas de escribir sobre la serie para ver si podía conciliar las mil ideas contradictorias que me iban surgiendo a medida que avanzaban los capítulos. Para los que no la habéis visto, os pongo en situación. OITNB narra la historia de Piper Chapman, una rubia algo ñoña, prometida con un escritor desempleado, y condenada a 15 meses de prisión por mover dinero de una red de narcotraficantes en la que su exnovia estaba involucrada. La serie nos transporta a una cárcel de mujeres de mínima seguridad y, además de la vida de Chapman, relata la convivencia entre las reclusas, introduciendo poco a poco sus historias.

Lo primero que llama la atención de OITNB es que hay una sobredosis de temas poco frecuentes en programas de máxima audiencia como este. No es solo que las mujeres aparezcan en primer plano, sino que, además, la serie da voz a cada una de ellas, desestabilizando las representaciones femeninas tradicionales y planteando cuestiones que van más allá del sexismo. El recinto carcelario y la convivencia forzada entre identidades muy diversas ponen en relieve las diferencias raciales, de clase, de edad e ideológicas; permiten una representación explícita de la homosexualidad femenina; y hacen posible la visibilización de la transexualidad. Desde luego, la serie es un bombazo al que no nos tenían nada acostumbrados.

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Sin embargo, pese a que la serie ha sido un éxito rotundo, no todos los sectores la han aclamado con el mismo vigor. Aura Bogado fue una de las primeras en criticarla, y razones no le faltaban. En su artículo “White is the New White”, Bogado hace referencia a la popularidad de las narraciones de los esclavos entre los círculos abolicionistas a mediados de S.XIX, apuntando que cada una de ellas quedaba enmarcada por una introducción blanca que autentificaba la experiencia negra. Lo que la autora nos viene a decir, es que la práctica de verificar las vidas de los fugitivos negros ha cambiado debido al contexto histórico, pero que el rol de los personajes blancos sigue siendo el mismo. Y, después de todo, es así. Si en OITNB tenemos acceso a las vidas de mujeres negras, de clase baja, y marginales en general, es porque Piper nos da acceso a ellas. Chapman posee el rol de mediadora y, de un modo u otro, hace que todo aquello que nos presentan en la serie y que no estamos acostumbrados a ver, sea más fácil de digerir. A veces, incluso parece que su personaje sea el único que tiene una vida esperándole fuera.

Dejando a un lado el rol de la protagonista, la serie también ha recibido muchas críticas, acusada de alimentar y reforzar algunos de los estereotipos racistas, clasistas y homófobos más comunes: lesbianas marimacho acosadoras, fanatismo religioso de las reclusas de clase más baja, latinas embarazadas, etc. Y en un principio, Piper parece que está allí para juzgarlas.

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No obstante, en Orange is the New Black las cosas no son tan simples, y creo que basarse en la estigmatización de los personajes para echar tierra a la serie es demasiado fácil. Que los estereotipos están ahí es un hecho, y que el rol de Piper es el de introducir esas vidas a los espectadores, también; pero su personaje no es ni tan plano, ni tan sencillo.

En primer lugar, pienso que es importante centrarse en la protagonista, en su función, y en la evolución de su personaje a lo largo de la serie. Piper entra en la cárcel como la rubia dulce e inocentona que cometió un error y parece que su personaje vaya a ser el encargado de trazar la línea entre lo que debe ser aceptable para el espectador y lo que no. Forzada a convivir con identidades con las que no se habría relacionado jamás en su día a día, la Piper de los primeros capítulos es ignorante, egocéntrica, y juzga severamente al resto de reclusas. Aun así, es ella quien marca la diferencia en todos los sentidos; al principio por sus juicios de valor, pero también por poner de manifiesto sus privilegios y las diferencias sociales, raciales, de clase, etc. A medida que avanza la serie, Piper evoluciona, reconoce sus privilegios y empieza a desarrollar una conciencia que le permite ver las cosas desde otra perspectiva y empatizar con el resto de reclusas. Sin embargo, lejos de ser una transformación redentora, la evolución de Piper le permite comprender su entorno y endurecerse para sobrevivir en él.

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Aquí es cuando yo me pregunto: ¿Funcionaría la serie si la protagonista no estuviese en una situación privilegiada? La trama de la serie, al final, se centra en la transformación de Piper y en el desarrollo de su nueva conciencia. Del mismo modo, creo que los estereotipos tampoco son inocentes. Para Piper, la estigmatización de los personajes constituye la base de sus juicios al inicio de la serie pero, a medida que van pasando los capítulos y vamos conociendo una a una a sus compañeras, los estereotipos van quedando en un segundo plano. De hecho, la evolución de los personajes en Orange is the New Black, inclusive el de la protagonista, es bastante interesante si tenemos en cuenta que las representaciones hegemónicas siempre han presentado a las mujeres como figuras estables y uniformes, caracterizadas por la inocencia y la bondad, o la malicia y la crueldad. En cambio, las mujeres de la cárcel de Litchfield son multidimensionales, dinámicas, ambivalentes y, en algún punto, todas ellas cuestionan tanto la noción de “bondad” como la de “maldad”, desestabilizando dichas construcciones. Aunque a lo largo de la serie, son capaces de ayudarse desinteresadamente, apoyarse las unas en las otras y protegerse, estas mismas también son responsables de agredir, abandonar, atacar y acusar a sus compañeras.

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En fin, pese a que algunos puntos puedan tener una lectura algo cuestionable, Orange is the New Black ha conseguido trasladar a la pequeña pantalla otras formas de feminidad que cuestionan y subvierten los modelos normativos y, a la vez, nos ha acercado a algunas de las realidades sociales que no nos habían mostrado en series con este impacto mediático. Me hubiese gustado entrar un poco más en detalle, pero esto ya se me estaba yendo de las manos, así que voy a dejarlo en que OITNB es un serión en toda regla; así que si todavía no la has visto, ya estás tardando.

Anna N.

#GIRLBOSS: la mujer hecha a sí misma.

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Cuando empecé a escribir este post, pensé simplemente en hacer un comentario de un libro que había leído: #GIRLBOSS, de Sophia Amoruso, en el que narra su historia en el mundo empresarial. A decir verdad, tenia opiniones contradictorias sobre el propio libro, aunque cuando lo empecé sabía que no era Anna Karenina y que más bien sería una lectura ligera, también tenía algunas esperanzas en él. Pensé que, quizás, su autora relataría las claves para ser una gran mujer de negocios y las dificultades con las que se había encontrado dentro del mundo empresarial.

Recuerdo un debate en la Universidad sobre si, en una sociedad dónde la mujer es valorada principalmente por su aspecto físico, la belleza facilitaba las cosas para las mujeres y las dotaba de cierto poder, o si, por el contrario, dificultaba que las tomasen en serio. Aunque creía que era algo que formaba parte del pasado, me he dado cuenta de que aún se asocia lo femenino y bello con lo banal y de poca importancia. La falta de credibilidad intelectual hacia las mujeres bellas se debate en la publicación El mito de la belleza, de Naomi Wolf. En él, Wolf argumentaba que existe una conspiración mundial de marcas cosméticas, fabricando e imponiendo ideales de belleza femenina convirtiéndolas en un objeto sexual. Desde luego que el ideal canónico de belleza femenina es un constructo social, pero atacar a una mujer simplemente por el hecho de ser heteronormativa me parece esperpéntico. Entramos en un mundo de tiranía donde se ataca a mujeres por su heteronormatividad y su imagen canónica y cuidada. Se entra en excluir a mujeres con buenos ideales por vestirse y maquillarse de una manera socialmente convecional, ¿No es eso hipócrita? ¿Deberíamos dejar de teñirnos para que se nos tome en serio? ¿No deberíamos ser las mujeres dueñas de nuestra propia apariencia? ¿No deberíamos poder teñirnos y maquillarnos como nos gustara (maquillaje y tinte incluido)? Esta claro que también se ha cuestionado a mujeres no normativas, asi que, tengamos el físico que tengamos, siempre se nos va a cuestionar. En un caso por no ser suficientemente femeninas, en el otro por serlo demasiado.

En #GIRLBOSS, Amoruso explica mediante relatos personales su efervescente carrera y liderazgo de la venta de moda en Internet. Pasa de anticapitalista furtiva y ladronzuela de segunda, a mujer de negocios en menos de 10 años. El título me parece muy bien escogido, aunque de las críticas no se libra. El hashtag (#) representa la estrategia comercial de Nasty Gal: las redes sociales; y la palabra “girlboss”, que traducida significa jefa, le da el hincapié a el hecho de que es una mujer jefe. Sin embargo, utilizando la palabra girl en vez de woman resalta su juventud.

En cuanto a el libro en sí, como ya he mencionado, tengo sentimientos contradictorios. Tenía la esperanza de que fuera un libro algo más teórico y empresarial y, sin embargo, es prácticamente una biografía de Amoruso y de su empresa, Nasty Gal, lo cual es interesante y lo hace diferente al típico libro de autoayuda. Es sincero, divertido, a veces inspirador y fácil de leer, pero no consideraría a Amoruso una buena escritora aunque reconozco que promueve buenas ideas e ideales de igualdad entre sexos.

El libro no aporta conocimientos nuevos al mundo empresarial y está claramente dirigido a jóvenes que no pertenecen a ese entorno, aunque las anima a ello. No hay respuestas a preguntas económicas, y en ningún momento se mencionan los retos a los que las “jefas” se ven sometidas: conciliar vida laboral y familiar, blindaje sexista en las directivas…

A veces la narrativa puede ser moralista y tiene un tono triunfalista molesto en algunas ocasiones, ya que parece que Amoruso deja entrever que quien no triunfa es porque no quiere o no lo sabe hacer. Parece carecer de algo de empatía hacia su lector que posiblemente el 99.9% de las veces no va a triunfar del modo que ella lo ha hecho. Ésto recuerda al mito fundacional americano del hombre hecho a sí mismo, un concepto aplicado a los hombres del siglo XX que creaban fortunas partiendo de cero, y un tema clásico en la literatura norteamericana (un buen ejemplo de ésto es El Gran Gatsby). Lo interesante es la aplicación del concepto a la mujer del siglo XXI: la mujer hecha a si misma.

Blanca B

NEBRASKA: CUANDO LA MASCULINIDAD SE ENFRENTA A LA VEJEZ

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El deterioro físico y psicológico que conlleva hacerse mayor suele aparecer en un segundo plano en la industria del cine. Sin embargo, cada vez más películas nos acercan a este proceso y a la dificultad de enfrentarse a uno mismo cuando uno deja de ser lo que fue.  Nebraska (2013), la última película de Alexander Payne, pone a la vejez en primer plano y nos presenta el quijotesco viaje de Woody Grant, un veterano de la guerra de Corea, alcohólico y con principios de demencia senil que cree haber ganado un millón de dolares tras recibir una carta promocional. Después de varios intentos de ir de Montana a Nebraska por su propio pie, su hijo David decide llevarlo a recoger un premio que sabe que no van a cobrar. Con este retrato agridulce de la vejez, Payne cuestiona la viabilidad del modelo de masculinidad hegemónico y presenta a una generación futura que empieza a repensar esta construcción.

A pesar de la maleabilidad del término “masculino”, hay ciertos parámetros que se mantienen en el paso del tiempo y en las diferentes culturas. David Gilmour los ha llamado las 3 Ps: Protection, Providing y Potency. A través de estas, se han constituido las representaciones más habituales del hombre como heterosexual, autosuficiente, hermético y, tradicionalmente, como el sustento principal de la familia. En Estados Unidos, donde el capitalismo, la ética del trabajo y el mito fundacional del self-made man tienen tantísimo peso, el concepto hegemónico de hombría está directamente relacionado con éxito económico y poder. Por consiguiente, si entendemos estos parámetros como la base de lo “masculino”, la jubilación y el envejecimiento, no solo implican la pérdida de una identidad previa, sino que se traducen también en un claro proceso de emasculación.

Es curioso como hasta hace relativamente poco los hombres de la tercera edad se han representado en las películas como personajes todavía capaces, en mayor o menor medida, de desempeñar el rol masculino tradicional. En el cine más comercial, el anciano ha conservado su posición social, reforzando la idea de que vejez va de la mano con experiencia, sabiduría y respeto. Sin embargo, Nebraska rompe con la integridad y la impermeabilidad de los personajes mayores con los que nos topamos frecuentemente en la gran pantalla. Woody, lejos de ser admirado y respetado, es un alcohólico tozudo e ingenuo  totalmente dependiente de su familia; nunca ha sido un padre ejemplar, y parece cargar con el peso de un pasado que no pudo elegir. Aunque no conocemos sus sentimientos, los silencios del protagonista quedan abiertos para nuestra interpretación.

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El servicio de Woody en Corea se menciona en muy pocas ocasiones; sin embargo, su experiencia en la guerra desempeña un papel fundamental en la película. Estaremos de acuerdo en que la figura del soldado se ha configurado socialmente como un elemento clave para la definición de hombría. Sin embargo, el peligro y la exposición a la muerte no pueden más que resultar en vulnerabilidad, ansiedad y miedo. Paradójicamente, mientras la guerra, como concepto, constituye al soldado como uno de los principales prototipos masculinos; la experiencia en el campo de batalla lo despoja de aquellos atributos que, supuestamente, lo configuran como hombre. El silencio de Woody sobre la guerra ratifica la afirmación de Elaine Scarry de que el dolor no solo resiste el lenguaje, sino que lo destruye activamente, cambiando la forma en la que vemos e interpretamos el mundo. No obstante, al volver a casa, el soldado debe reconstruir la identidad masculina que se perdió en combate para reintegrarse en el orden social. Para nuestro protagonista, el alcohol se convierte en la forma de lidiar con la aceptación de contradicciones de conlleva este proceso.

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La vejez y la guerra demuestran que la masculinidad es una construcción efímera que se desvanece con el tiempo y la experiencia. Durante toda la película, el protagonista lucha para recuperar la identidad y la posición social que ha perdido con los años. Criado y educado en los 50, un periodo de inestabilidad política y social marcado por la paranoia nacional, Woody conoce poco o nada más que los discursos dominantes, convirtiéndose en su único recurso para recuperar su lugar dentro de la comunidad. Es por eso que, si la masculinidad en EE.UU. viene dada por el éxito económico, Woody concibe el falso millón de dólares como su última oportunidad para recuperar el respeto de la comunidad y recobrar su hombría; pero, sobre todo, representa el único medio que le permitirá conectar con la gente que quiere. Sin embargo, el premio no es más que una farsa, una ilusión; al igual que la identidad normativa producida por el imaginario y la mitología nacional que Woody intentaba alcanzar.

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Woody representa el fracaso de una masculinidad insostenible y, aunque no constituye una masculinidad alternativa, creo que su personaje es subversivo en muchos sentidos. Las transformaciones del protagonista, tanto en la guerra como durante su envejecimiento, lo convierten en una figura que desestabiliza y problematiza los discursos nacionales aparentemente estables. Es así como el viaje a Lincoln, Nebraska, se convierte en una experiencia liberadora para padre e hijo, quienes finalmente consiguen conectar. La lucha perdida de Woody, permite a David reconceptualizar su propia identidad y formular un modelo masculino alternativo basado en la responsabilidad, el respeto y la empatía, que rompe con la rigidez de las construcciones establecidas.

 Anna N.

Très chic: Un mundo de hombres y pantomimas escénicas.

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No nos engañemos, el mundo de la moda ha sido siempre un mundo de hombres. Ellos han dictado los ideales de belleza y han diseñado el vestuario que ellas han llevado. En el siglo XXI la cosa no ha cambiado mucho; algunos de los diseñadores más renombrados de las ultimas décadas: Jimmy Choo, Marc Jacobs, Christian Louboutin, Karl Lagerfeld, Valentino, John Galliano, Domenico Dolce y Stefano Gabbana, Giorgio Armani, Jean Paul Gaultier, Tom Ford, Óscar de la Renta, etc. La lista es interminable.

Hace unas semanas en la semana de la moda de París, Karl Lagerfeld presento su nueva colección para la maison francesa Chanel. A mi parecer una pasarela de moda se acerca más a una performance que al simple hecho de presentar un grupo de vestidos bonitos poco llevables. La marca francesa capitaneada por Lagerfeld nunca decepciona en su escenografía, aunque levanta ampollas cada temporada. Es de sobras conocida la temporada Otoño-Invierno 2014/2015, en la que el equipo de la maison convertía el recinto de la pasarela en un supermercado donde las modelos andaban como autómatas y simulaban comprar bolsos 2.55 envasados al vacío. Algo muy criticado, ya que se podía hacer la lectura de que comprar un bolso de estas características era tan fácil y necesario como ir al súper a comprar comida, aunque si pensamos en los mas de 2.500 € que vale en bolso en cuestión (la talla pequeña), quizás se aleja de la economía del comprador medio de cualquier ciudad europea. Personalmente, lo interpreté como una broma de mal gusto en la que el “Kaiser”, como se conoce a Lagerfeld en el mundo de la moda internacional, invitaba a sus clientes a comprar compulsivamente como si se tratara de adquirir algo básico.

Sin embargo la temporada pasada está eso, pasada. La nueva ironía de la casa francesa ha sido montar un escenario evocando las calles parisinas, y llenarlo de bellísimas modelos de más de 1.80 y talla 0 luciendo lo último de Chanel en una pantomima que representa una manifestación feminista. Hay varios motivos por los que deberíamos escandalizarnos y querer boicotear la marca (si pudiésemos). Primero por los slogans que se podían leer en las pancartas que las modelos portaban, precisamente banales e incluso ridiculos: “Ladies First“
, “Women’s rights are more than alright“, “Be different“,
”Boys should get pregnant too“, “Feminism not masochism“, “Make Fashion Not War“. La industria de la moda y las revistas, instigadoras de ideales femeninos casi imposibles de alcanzar, han alabado el cinismo de Lagerfeld y se han desecho en cumplidos y llegándolo a calificar como el abanderado del nuevo feminismo. No podemos olvidar que este mismo individuo ha protagonizado un sinfín de escándalos por llamar a sus modelos (extremadamente delgadas) gordas; además criticó la portada de Vogue America de Adele por su físico poco canónico; y declaró que Coco Chanel no era lo suficientemente fea para ser feminista…Personalmente, creo que Lagerfeld se ríe de un movimiento necesario y lo banaliza cuestionando su importancia.

La relación moda-feminismo ha sido siempre difícil. La industria de la moda ha sido constantemente criticada por reforzar los estereotipos femeninos más negativos, y ha contribuido a el aumento de la visión negativa del cuerpo de la mujer por las mismas mujeres. Quizás el problema es el encontronazo de las definiciones de los dos campos; por un lado los movimientos feministas representan una ideología que pretende la equidad y liberación de la mujer. Pero por el otro lado, la industria de la moda es eso, una industria, y por consecuencia parte de otro movimiento ideológico: el capitalismo. ¿Se excluyen? En mi opinión no, pero el balance entre ambos es una tarea ardua, y mas cuando energúmenos contribuyen a utilizar y mitificar la imagen y comportamiento de una mujer ideal inexistente. Es cierto que también hay una industria de la moda masculina, pero desde luego no tiene el peso ni mueve económicamente lo que lo la venta femenina. Me pregunto si esto se debe a la educación que recibimos. Desde pequeña recuerdo ver revistas de moda sólo y exclusivamente dirigidas hacia el público femenino. En el artículo de Beyoncé, me hago eco de la pregunta ¿Porqué se educa sexualmente de manera diferente a niños y niñas? Creo que la misma pregunta es aplicable en el contexto fashion.

Blanca B.

SOBRE CULOS, SEXISMO Y NICKI MINAJ

cuerpo, Cultura popular, feminismo

El 19 de octubre S Moda publicó un artículo por Lucy Foster titulado “Las divas del pop enseñan trasero ¿exhibicionismo o sexismo?”. Aunque el título de por si ya me chirriaba un poco, ya que reduce este fenómeno a dos únicas posibilidades, decidí leer el artículo entero. Cuando lo terminé, lo primero que pensé fue que la autora había pasado por alto algunos detalles que podían ampliar su punto de vista.
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Estamos en la era de los panderos potentes, del twerking, y del belfie. No hay más que navegar por la red, hacer zapping o abrir una revista: los glúteos de Beyoncé, JLo, Iggy Azalea, Kim Kardashian o Nicki Minaj están por todas partes; de lejos, de cerca, en pompa, meneándose a cámara lenta… Y, con su incesante movimiento de nalgas, entramos otra vez en el eterno debate: ¿son el desnudo y la sexualización del cuerpo femenino, necesariamente, una forma de cosificación y sumisión? Lucy Foster responde a esta pregunta con un contundente sí. Sin embargo, sus argumentos no acaban de convencerme.

bey Que ciertas mujeres se están quitando ropa para crear expectación y aumentar el numero de ventas es un hecho incuestionable: en el 90 % de los videoclips las mujeres aparecen meneando el trasero sin pantalones. Foster denuncia esta realidad e insiste en que es posible “ganar sin tener que mostrar”. En mi opinión, el problema surge cuando la autora propone a Taylor Swift o a Adele como ejemplo de chicas que venden sin necesidad de bailar en bragas. Aunque es cierto que estas dos artistas se han ganado su popularidad sin tener que enseñar el ombligo, creo que no son los ejemplos más apropiados si lo que se pretende es plantear cuestiones sobre el sexismo. En primer lugar, porque Taylor Swift es un producto perfectamente diseñado para reproducir el estereotipo barato de chica rubia, dulce e ingenua que espera la llamada de aquel chico perfecto imposible de alcanzar. Un modelo algo rancio y unidimensional que parece alimentar las convenciones de género que nos han estado vendiendo las películas de Disney durante toda la vida.

Sin nombre

Y, en segundo lugar, porque Adele, pese a tener un vozarrón tremendo, no tiene el cuerpo que a la industria musical le interesa desnudar para vender. Por eso, creo que el hecho de que Adele no mueva el cucu en ropa interior y de que cuerpos como el suyo no se muestren de la misma manera que, por ejemplo, el de Jennifer López, es una muestra de sexismo igual de flagrante.

Pero volviendo al bombardeo de culos, pienso que debemos leer entre nalgas e intentar ver de una forma distinta lo que Foster entiende como un claro desequilibrio de poder. Aunque es cierto que no hay por dónde coger a “Booty” de JLo e Iggy Azalea, o que las apariciones de Miley Cyrus con las cachas al aire han sido, en general, más bien bochornosas, no podemos meter a todos los culos en el mismo saco. “Anaconda”, por ejemplo, ha sido uno de los videoclips que ha suscitado más polémica desde su lanzamiento. Si queríais caldo, Nicki Minaj os da dos tazas. 

Después de ver este vídeo, la pregunta que plantea Foster en el título de su artículo se nos queda algo corta: en “Anaconda” hay algo más que exhibicionismo y, desde luego, algo más que sexismo.

nicki-minaj-anaconda

La semana pasada, Blanca introducía la cuestión del sexismo y el empoderamiento femenino en el trabajo de Beyoncé y, aunque estoy de acuerdo con muchas de las cuestiones que plantea, quiero apuntar que el “neo-feminismo” de la cantante sigue basándose en un claro modelo heteronormativo que no deja de ser muy pero que muy moderado. A diferencia de Beyoncé, felizmente casada y con una hija, Minaj subvierte la norma en todos los sentidos, y en su trabajo parece celebrarlo: es inmigrante, negra, independiente y ha llegado a lo más alto de un género musical dominado por hombres. Y sí, enseña culo, mucho culo. Pero, aunque pueda parecer que Minaj está contribuyendo de manera directa a vigorizar los mitos y estereotipos de hiper-sexualización que tradicionalmente han rodeado a la mujer afrodescendiente, creo que la cantante rompe con todos los esquemas. Su mensaje va un paso más allá del “It’s his birthday give him what he asks for” de JLo e Iggy Azalea en “Booty”; en “Anaconda” la rapera es dueña de su cuerpo, es la que pone las reglas y la que controla el qué, el cómo y el cuándo. Minaj no pretende complacer a nadie más que a sí misma y reclama el derecho a mostrar su cuerpo y vivir su sexualidad libremente, sin vergüenza, sin príncipes azules y sin tener que edulcorar la situación.

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Teniendo en cuenta que el trasero ha sido uno de los  rasgos más explotados para cosificar y someter a la mujer racializada, “Anaconda” constituye un acto de empoderamiento. El culo de Nicki Minaj no es solo una estrategia de marketing, es también un elemento identitario y, a través de este, muestra al mundo que su cuerpo y su sexualidad le pertenecen. Así pues, su punto fuerte, y probablemente lo que incomoda más de la cantante, es precisamente que, aún meneando los glúteos en un diminuto tanga de color rosa, sigue estando en una posición de control.

En resumen, creo que reducir el boom de traseros a exhibicionismo o sexismo, no solo es quedarse con la parte más superficial de este fenómeno, sino que además implica recaer en los discursos dominantes que supuestamente intentamos vencer. Es decir, si entendemos la muestra del cuerpo, del placer, del deseo, y de la agentividad sexual femenina como pérdida de integridad, de respeto a una misma, y como una forma necesaria de cosificación, significa que seguimos estancados en el dualismo virgen-puta que ha estado estigmatizando la conducta sexual de la mujer hasta el momento. Definitivamente, no se trata de la cantidad de ropa lleven encima, sino de la forma en la que defienden y conciben su propio cuerpo.

Anna N.